No lo creerás pero yo soy una heredera. Podrás decir que es tarde para considerarme afortunada pero a mis ochenta años la suerte tocó a mis puertas. Murió mi tía de 104 años y me dejó un miniapartamento en San Giovanni.
Dos habitaciones, cuarto piso, sin ascensor.
Fui a verlo, quería saber en qué condiciones estaba. Llamé un taxi.
Me puse los zapatos buenos, no se puede salir de casa en chancletas. Son los mismos que llevo a misa los domingos, con ellos entiendo mejor los sufrimientos de nuestro Señor y si el entiende los míos florecerán años de indulgencia y mi estancia en el purgatorio será un paseo —sin los zapatos buenos, espero.
En los bajos del edificio me esperaba la prima Vinicia —un lindo nombre— más gorda que yo. Llegó con sandalias porque como dicen en Roma “la fidelidad deportiva ya no existe”. Ella heredó una heladería que por lo menos está en la primera planta y la puede ver de cerca. Yo el apartamento prefiero imaginármelo, o dejar que me lo describan los vecinos. Allá no vuelvo a subir.
Cuando volví a subir en el taxi y aflojé las hebillas de los zapatos me pareció escuchar una música. ¿Recuerdas “Será, será”? Esa misma me pasó por la mente.
Me puse las chancletas para regresar cómoda. Las compro en una tienda de confianza. Donde desde que me ven llegar ya saben todo: número y color. Es tanto mi peso que hasta con ellas pierdo el equilibrio a cada rato, no sé si por culpa de la edad o porque las extremidades ya no me aguantan. Había un mercado cerca de la casa y toqué una pirámide de aceitunas que se derrumbó comprometiendo mi integridad. La plaza me parecía una imagen televisiva donde juegan con el zoom. Me movía como un remolque que podía salir a toda velocidad de la vía.
En casa llené una palangana de agua caliente. Le eché manzanilla, sales, bicarbonato, metí los pies y dejé que se relajaran mis dolores. En una mano cogí dos trozos de torta al vino que me había llevado Vinicia al encuentro. Llevó también morcillas, jamón de Parma, repostería variada… tanta fue la glotonería que cuando el padre dijo “intercambien una señal de paz” teníamos las manos llenas de grasa y azúcar.
Al final, con los pies en el agua tibia, una taza de thé en una mano y una bandeja de dulces me dije “esta es la vida de una heredera”.