El invierno nos pone en busca de compañía, de calor humano. A veces rozamos la promiscuidad o caemos en un estado de insensatez que nos limita la selección natural con que fuimos dotados mientras crecíamos y dábamos tropezones: cualquiera nos viene bien. Pero depende de dónde vivamos —me refiero a la ciudad, al país— y al modo en que vivamos.
En mi pueblo hay pocos lugares de encuentros. En realidad no hay ninguno público. Los oficiales son las casas de cada hombre que prefiere encontrar otros en su misma habitación sin tener que ir a una sauna o una discoteca. Los métodos han cambiado mucho. Antes estaban Gaydar, Gayromeo, Dudesnude para enmascarar identidades y exhibir dotes; ahora contamos con el progresista Grindr que desvela cuántos kilómetros nos separa de nuestra víctima sexual.
Pero aunque el tiempo sea frío y húmedo, no tengo muchas posibilidades de ligues. Mi pueblo sufre una condición geográfica que lo aleja de las principales arterias de transporte. Ni el tren pasa por aquí. Y a decir verdad, no debo buscar alguien con quien retozar sobre mi cama. Aún siento en mi cuerpo las marcas de un amor que dura más de un año.
Me identifico en la historia que narra Daniel Van Flymen en su NYC December 2009. Es como si su modelo quisiera descargar de algún modo su energía, recordando esa persona que le hace vivir o viviendo a plenitud el latido de una ciudad siempre viva como New York.



