Reconozco que no soy un amante de los gimnasios de las pequeñas ciudades, o mejor dicho, de los “pueblos” donde todo el mundo se conoce y apenas entras te saben vida muerte y milagros. Por eso raras veces me ven entrar en uno, la vida me ha llevado a un pueblito de la llanura padana y prefiero entrenarme en casa a base de Yoga, planchas y reggaeton. El mix parece eclécticamente histérico pero da sus resultados. Y ahora se suma otro ejercicio que no recomiendo durante el invierno, pero si durante los meses cálidos y cuando tu casa esta tan caliente como para andar semi desnudo en casa: la ducha fría.
En el cuerpo, el agua fría reactiva la circulación, tonifica los músculos, alivia el dolor de piernas, combate la celulitis y la flacidez. Además activa la producción de glóbulos blancos, estimulando las defensas del organismo, lo que a la larga previene enfermedades. En el pelo ayuda a cerrar las cutículas otorgándole más brillo. En el rostro limpia los poros dejando la piel tersa y luminosa. En la mente despierta los sentidos y nos deja en alerta, combatiendo la fatiga mental. Deja una sensación de bienestar, control y serenidad. Así mismo ayuda a aliviar los síntomas de la depresión. En los hombres hace bien desde la cabeza hasta los testículos; previene la calvicie al estimular el cuero cabelludo y mejora la producción y calidad de los espermatozoides.
Parecen suficientes y beneficiosas razones, por eso a cada rato conviene escuchar lo que hablan en la radio, lo que sale en la tele o se publica en internet.
Una vieja amiga actriz, hace tiempo me dijo que prefería el agua helada para bañarse, aunque en realidad ella la alternaba a “toques” de agua tibia. La protegía del resfriado y ahorraba electricidad. Para convencerme me decía: el planeta agradecerá de vez en cuando el ahorro de agua en tu ducha sin duda más corta y sin consumo energético para calentarla.
En fin, no me queda que cambiar un poco mis costumbres. O me mudo a Milano y frecuento un gimnasio repleto de desconocidos.